Colón es una de las figuras más famosas de la historia universal. Sin embargo, muchos de los misterios de su vida siguen sin resolverse. Y la historia del navegante no terminó con su muerte. Sus viajes continuaron … incluso después de su fallecimiento. El destino de sus restos también permanece envuelto en el misterio…

NOTA: Ligur significa natural de Liguria, la región histórica que rodea Génova. En el lenguaje del siglo XVI, los antípodas era una forma poética de referirse a los confines del mundo conocido, es decir, al Nuevo Mundo, América.
Su aspecto físico también sigue siendo un enigma. Durante la vida de Colón no se realizó ni un solo retrato suyo. Todos los que conocemos fueron pintados posteriormente, basándose en las descripciones de quienes lo conocieron.

Una de aquellas descripciones afirma que Colón, con poco más de cuarenta años, era “alto, de estatura superior a la media, rostro alargado y digno, nariz aguileña, ojos gris azulados y piel clara con un ligero tono rojizo. En su juventud llevaba barba y bigote pelirrojos, pero el trabajo y las penalidades los volvieron grises”… Todos los retratos conocidos de Colón son muy diferentes entre sí. Resulta difícil imaginar su verdadero aspecto, pues cada uno lo representa de manera distinta…

Pero vayamos por partes. Comencemos por su nombre. Habitualmente aparece en varias formas: (latín) Christophorus Columbus, (italiano) Cristoforo Colombo y (español) Cristóbal Colón. La explicación es sencilla: hasta el día de hoy no se conoce con certeza el verdadero origen de este hombre.
La mayoría de las enciclopedias consideran a Colón italiano. Según la versión más aceptada, nació en la República de Génova (Italia) en algún momento entre el 26 de agosto y el 31 de octubre de 1451. Incluso la fecha exacta de su nacimiento sigue siendo objeto de debate entre los historiadores. Pero… ¿era realmente italiano? Se sabe que en sus cartas apenas utilizó el idioma italiano…
Existen otras hipótesis sobre su origen: Córcega, Madeira, Cataluña, Polonia… Según una de ellas, Colón pudo haber sido hijo ilegítimo de una familia de sangre real española… ¿Un español de origen noble? El análisis estilístico de sus escritos y de su caligrafía revela a un hombre culto y con una excelente formación.
También se ha sugerido que Colón pudo haber nacido en la isla de Mallorca. Habría ocultado este hecho porque, durante su juventud, fue capitán de un barco corsario y luchó contra el rey de Aragón, padre del futuro rey Fernando de España. En sus cartas aparecen ideas y expresiones muy próximas a las de la importante comunidad cristiana que existía entonces en Mallorca.
Curiosamente, Colón trabajó durante algún tiempo como cartógrafo y calígrafo, profesiones muy características de los judíos de aquella época… También existe la opinión de que quizá no fuera tanto un hombre de gran educación académica como un extraordinario autodidacta, dotado de una enorme capacidad de observación y de una intuición empírica poco común.
Y es posible que Colón estuviera impulsado por un profundo fervor religioso… Desde la Antigüedad —Pitágoras, Aristóteles, Eratóstenes y Ptolomeo— la forma esférica de la Tierra se consideraba un hecho demostrado. Esa idea era aceptada tanto por los pensadores medievales como por la Iglesia. Sin embargo, Colón imaginaba la Tierra no como una esfera perfecta, sino como una figura ligeramente “en forma de pera”, con una elevación en la región del Jardín del Edén… En el diario de su tercer viaje (1498) intentó combinar la geografía científica con la cosmología religiosa. Creía que, al acercarse a aquella elevación donde se encontraba el Paraíso Terrenal, el océano también comenzaba a ascender, formando una especie de “montaña del mar”… Las fuertes corrientes y los extraños fenómenos atmosféricos de aquel hemisferio reforzaban su convicción de que navegaba muy cerca de las puertas mismas del Paraíso.
NOTA: La intuición de Colón resultó estar sorprendentemente cerca de la realidad. La ciencia moderna define la forma de la Tierra como un geoide, una figura ligeramente achatada en los polos debido a la rotación del planeta. Además, las anomalías gravitatorias y la distribución desigual de la masa terrestre hacen que nuestro planeta sea, en efecto, ligeramente “aperado”. El Polo Norte está un poco más achatado y el Polo Sur ligeramente más alargado.
En 1571 se publicó en Venecia la “Historia de la vida y de los hechos de Cristóbal Colón”, editada por el impresor español Alfonso de Ulloa. Este afirmó haberla traducido de un manuscrito original en español escrito por Fernando Colón, el segundo hijo —nacido fuera del matrimonio— del almirante, fallecido en 1539. El manuscrito original nunca apareció. Para entonces, los diarios y apuntes de Fernando ya se habían perdido… Los investigadores consideran que muchos pasajes fueron embellecidos con la intención de engrandecer el origen y la vida de Colón. El debate sobre la autenticidad de esta biografía continúa hasta nuestros días.
NOTA: El navegante tuvo solamente una esposa legítima: la noble portuguesa Felipa Moniz Perestrelo, madre de su hijo Diego Colón. Tras la muerte de ella, su compañera de vida —aunque nunca su esposa oficial— fue la española Beatriz Enríquez de Arana, quien dio a luz a su hijo Fernando.
La vida de Colón fue una sucesión de difíciles travesías y de complicadas vueltas del destino. Un pequeño detalle ayuda a comprender hasta qué punto era complicado organizar una expedición marítima en aquella época… Dicho en términos modernos, Colón pasó años buscando patrocinadores para financiar sus viajes. Primero acudió a Portugal y después a España… En aquel momento, los Reyes Católicos estaban ocupados con la guerra. Una vez finalizada, la respuesta fue bastante ambigua, algo parecido a una bendición a medias para el proyecto. El rey Fernando opinaba que no había dinero para aventuras marítimas y, por tanto, eran imposibles. La reina Isabel, mucho más práctica, razonaba que unas tierras nuevas nunca estaban de más y que, si era necesario, incluso podría empeñar temporalmente sus joyas para financiar la empresa…
Sin embargo, no tuvo que hacerlo. En lugar de ello, autorizó generosamente a Colón a obtener recursos mediante impuestos que todavía no habían ingresado en las arcas de Su Majestad, la Reina de Castilla… Y, según el acuerdo, el propio Colón debía aportar una octava parte de todos los gastos… aunque no tenía literalmente un solo maravedí… A pesar de todo, las expediciones llegaron a realizarse.

El diario del primer viaje de Colón se ha conservado únicamente en una versión resumida elaborada por el cronista Bartolomé de las Casas. Con el fin de justificar la expedición y garantizar beneficios para la Corona española, el propio Almirante reguló el comercio con los indígenas. El oro, los loros y los hilos de algodón obtenidos de los nativos se intercambiaban por cuentas de vidrio, cascabeles y otras baratijas europeas de escaso valor. Cuando el intercambio pacífico dejó de ser suficiente, fue sustituido por el trabajo forzoso de los habitantes de la isla. Según el testimonio de Las Casas, Colón también implantó un sistema de tributos. Los indígenas mayores de catorce años debían entregar cada tres meses una determinada cantidad de oro o algodón, recibiendo a cambio una ficha de cobre que debían llevar colgada al cuello. Quienes eran encontrados sin aquella ficha o no cumplían la cuota establecida sufrían castigos extremadamente severos, incluso la pena de muerte… Así comenzó la tragedia para los pueblos de La Española…
Se conserva también una carta posterior del navegante dirigida a una dama de la corte que gozaba del favor especial de la reina Isabel. En ella, Colón intenta justificarse:
“Juro solemnemente que en las Indias han aparecido muchas personas que no merecen, ante los ojos de Dios y del mundo entero, las aguas del Santo Bautismo; ahora llegan aquí…”
(En aquella época las tierras descubiertas eran conocidas como las Indias Occidentales).
Sin embargo, esta carta fue escrita cuando Colón ya había caído en desgracia ante los Reyes Católicos. Por ello, serán los historiadores del futuro quienes deban seguir aclarando los matices y determinar hasta qué punto estas palabras reflejan la realidad…

CRONOLOGÍA DE LOS VIAJES DE COLÓN:
PRIMERA EXPEDICIÓN (1492–1493). La expedición estaba formada por unos 90 hombres. Las tres embarcaciones de la flotilla —Santa María, Pinta y Niña— cruzaron el océano Atlántico por la zona subtropical y en octubre llegaron a las islas del archipiélago de las Bahamas…
El 6 de diciembre Colón descubrió la isla a la que dio el nombre de La Española y continuó navegando a lo largo de su costa norte. A finales de diciembre, la nave capitana, la Santa María, encalló en un arrecife.
En enero de 1493, a bordo de la Niña, Colón terminó de explorar la costa septentrional de La Española… No todos los marineros cabían ya en los dos barcos restantes. Por ello, con los restos de la Santa María se construyó apresuradamente un pequeño fuerte donde permaneció parte de la tripulación. Dejando allí el primer asentamiento español de la isla, Colón regresó a Castilla en marzo.
SEGUNDA EXPEDICIÓN (1493–1496). Esta vez Colón partió con el rango de Almirante y el cargo de Virrey de las tierras descubiertas. La expedición estaba compuesta por 17 barcos y una tripulación de más de 1.500 personas.
En noviembre de 1493 descubrió las islas de Dominica y Guadalupe. Después, navegando hacia el noroeste, descubrió unas veinte islas más de las Antillas Menores. A finales de noviembre llegó a Puerto Rico y posteriormente alcanzó nuevamente la costa norte de La Española. En lugar de los colonos que había dejado encontró únicamente ruinas y unos indígenas ya claramente hostiles…
En marzo de 1494, buscando el oro prometido a la Corona española, Colón emprendió una campaña militar hacia el interior de La Española, atravesando la cordillera Central.
En mayo, con tres barcos, recorrió la costa sudoriental de Cuba y descubrió Jamaica. En junio puso rumbo al este y exploró toda la costa meridional de La Española.
Durante todo el año 1495 continuó la conquista de La Española. Entre marzo y junio de 1496 Colón regresó nuevamente a Castilla.
TERCERA EXPEDICIÓN (1498–1500). Estuvo formada por seis barcos, tres de los cuales fueron conducidos personalmente por Colón a través del Atlántico.
En julio de 1498 descubrió la isla de Trinidad, penetró por el sur en el golfo de Paria y encontró la desembocadura del río Orinoco, iniciando así el descubrimiento europeo de Sudamérica.

En agosto llegó a la ciudad de Santo Domingo. En el año 1500, tras varias denuncias en su contra, fue arrestado y enviado encadenado a Castilla, donde posteriormente recuperó la libertad.
CUARTA EXPEDICIÓN (1502–1504). Tras obtener autorización para continuar buscando una ruta occidental hacia las Indias, Colón partió con cuatro barcos y llegó a la isla de Martinica. Desde julio de 1502 hasta mayo del año siguiente exploró las costas caribeñas de Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá.
En junio de 1503 naufragó frente a la isla de Jamaica. La ayuda enviada desde Santo Domingo no llegó hasta un año después. Finalmente, Colón regresó a Castilla en noviembre de 1504…
Colón compartió el destino de muchas personas extraordinarias, cuyos verdaderos méritos solo fueron reconocidos mucho después de su muerte. Sus biógrafos suelen describir los últimos años de su vida como una época de «pobreza y olvido», aunque, en realidad, conservó sus títulos y una situación económica relativamente desahogada.
La muerte de Cristóbal Colón pasó casi inadvertida. Murió convencido de que no había descubierto un nuevo continente, sino únicamente una nueva ruta hacia las ya conocidas Indias…
Solo varias décadas más tarde los estudiosos comenzaron a comprender que entre Europa y Asia existía un continente completamente desconocido. Sin embargo, incluso hasta finales del siglo XVI —e incluso durante buena parte del XVII— muchos seguían creyendo que América estaba unida a Asia. Haría falta mucho más tiempo para que Colón recibiera finalmente el reconocimiento que la historia acabaría otorgándole.
Pero incluso después de su muerte, el viaje del gran navegante no había terminado.
De acuerdo con su testamento, Colón fue enterrado inicialmente en Valladolid (España). Años más tarde, sus restos fueron trasladados al monasterio de La Cartuja, cerca de Sevilla. En 1542, cumpliendo su deseo de descansar en el Nuevo Mundo, sus restos cruzaron el Atlántico y fueron llevados a Santo Domingo, entonces capital de la colonia española de La Española.
Durante más de dos siglos se creyó que Cristóbal Colón descansaba definitivamente en la actual República Dominicana.
Pero la historia volvió a dar un giro inesperado.
En 1795, cuando España cedió Santo Domingo a Francia, las autoridades españolas trasladaron lo que consideraban los restos de Colón a La Habana, Cuba. Después de la guerra hispano-estadounidense de 1898, esos mismos restos fueron trasladados nuevamente, esta vez a la Catedral de Sevilla, donde permanecen hasta hoy.
Parecía que la historia había llegado a su fin.
Pero no fue así.
En 1877, durante unas obras de restauración en la Catedral Primada de Santo Domingo, los obreros descubrieron un ataúd de plomo con la inscripción:
«Ilustre y esclarecido varón Don Cristóbal Colón».
En su interior había restos humanos.
La República Dominicana declaró que aquellos eran los verdaderos restos del navegante y que, siglos antes, España había trasladado por error los restos de otra persona a La Habana.
España rechazó categóricamente esta afirmación.
Hasta el día de hoy, tanto España como la República Dominicana sostienen que poseen los auténticos restos de Cristóbal Colón.
En 2003, científicos españoles realizaron pruebas de ADN sobre los restos conservados en Sevilla. Los resultados confirmaron que pertenecían a un familiar cercano de Colón y eran altamente compatibles con que se tratara del propio almirante.
La República Dominicana ha rechazado en varias ocasiones la propuesta de realizar pruebas de ADN sobre los restos conservados en Santo Domingo, argumentando que abrir el féretro podría dañarlos debido a su estado extremadamente frágil.
Así, uno de los navegantes más grandes de la historia parece seguir viajando… incluso después de su muerte.
Hoy, quienes visitan Santo Domingo pueden rendir homenaje a Colón en el majestuoso Faro a Colón, uno de los monumentos más emblemáticos de la República Dominicana. Según la posición oficial de las autoridades dominicanas, allí reposan los restos del Almirante.
Que esa afirmación sea realmente cierta o no continúa siendo uno de los mayores enigmas de la historia de Cristóbal Colón.
Quizá sean los historiadores del futuro —y los avances de la ciencia— quienes algún día logren resolver definitivamente este misterio.
